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MISIÓN CEBÚ 

30 jóvenes universitarios españoles vivirán una experiencia misionera en Filipinas


OMPRESS-FILIPINAS (6-06-18)
Misión Cebú acoge a 30 jóvenes universitarios españoles que viajan cada verano a Filipinas para emprender proyectos de cooperación y mejora de las condiciones de vida. Desde Filipinas, con Filipinas y para Filipinas.
Este año, como ellos mismos explican, todo comenzará en una pequeña capilla del aeropuerto, el próximo 11 de julio y partirán rumbo a Manila desde Madrid. El 13 de julio viajarán entre islas hasta llegar a la de Cebú. Allí está el lugar donde se alojarán el Santuario de Schoenstatt en Talisay, al sur de Cebu City, la capital de la isla. Este santuario celebra su décimo aniversario y estarán allí para festejarlo. Después se sucederán la labor de colaboración en los proyectos, como la ayuda en el centro de sordos de las Missionaries for the Deaf o pintar el Cebu Hope Center, que acoge a niñas que han sufrido abusos.
En la ciudad de Almería, la de Filipinas, se desarrollará su proyecto fundamental. Se trata de un colegio de primaria para 180 niños. Las actividades serán varias: instalación de placas solares y suministro eléctrico, pozo de agua, clases de español, pintar casas, partidos de fútbol, colaborar en el festival del barrio…
En Misión Cebú no quieren ser solo “unos jóvenes que se van a ayudar al otro lado del mundo”, dicen. “Nosotros queremos más. Queremos crecer, aprender del prójimo, entregarnos a las necesidades de los más desfavorecidos, cambiar nuestra vida, nuestras ideas, nuestros pensamientos. Queremos que en Misión Cebú el espíritu misionero se desarrolle en dónde vivimos y a donde vayamos. En definitiva, queremos que Misión Cebú se convierta en un estilo de vida en el que con pequeños pasos podamos cambiar el mundo poco a poco”.


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MISIÓN CEBÚ 2017

MABUHAY


Febrero de 2017, cielo añil, pétalos al son de la brisa que acaricia las níveas paredes de una villa silenciosa, de calles a sol y sombra, de galerías ocultas e historias veladas. Prados de esmeralda empapados de rocío, lágrimas que evocan aquel esplendor cuan de antracita bañados los pies de su humilde población. Campos castellanos de árboles retirados, sentados en la plaza a contemplar la vida, la grandeza del séptimo día. Calma. Paz. La risa del aire jugando entre los árboles. Una melodía de voces y guitarras invade la parroquia, almas encendidas y corazones a fuego lento queman el silencio. Treinta muchachos sobre baldosines de granito, alrededor de la leña que chasquea al perecer. Pupilas que desatan un sólo reflejo y otean una sola dirección: JESÚS
Misión País Peñarroya, aquí empezó todo.

¿Qué es una misión? Verdad solo hay una, pero cada uno se toma su tiempo en descubrirla. Dios puso en nuestro camino Misión País y nos permitió saborear una ración de lo que es ser misionero. Nos sació lo suficiente como para despertar en nosotros esa llama, que nos llamó a dar un paso más allá. Se entiende que los misioneros deberían dar, pero aquel febrero no hicimos más que recibir. Descubrimos como late el corazón por una sonrisa, como a quienes veíamos como simples seres humanos vuelven a ser a nuestros ojos las personas que fueron creadas. La vida empezaba a despegar de una manera diferente, por una pista de la que los controladores no tenían constancia. Un estallido de emociones llamaba a la puerta de nuestro caparazón para salir afuera, para devolver la mirada a nuestros hermanos y abrazarles con el corazón en la mano. Estaba claro que algo era distinto, que emprendíamos el camino de la santidad, y queríamos decir ‘sí’ a esta llamada.

Siempre hemos estado un poco locos, tal vez a eso se refieran con ‘semejanza’. Y por eso queríamos emprender lo imposible. Esto comenzó con una mano con miles de letras grabadas a boli, entre las cuales se podía distinguir ‘MISIÓN’. Estábamos en la puerta de la facultad, y esta palabra fu un recuerdo a aquella llamada. Un grupo de 5 eruditos se pusieron a cavilar las posibilidades y a primera vista saltó Calcuta. A segunda vista casi nos quedamos ciegos, pues ese no era nuestro camino, sentimos una conglomeración de voluntarios algo elevada, donde no había cabida para nosotros. Como inexpertos exploradores continuamos oteando el horizonte y el nebuloso porvenir, hasta que una gota de color cayó en nuestro cuaderno: Filipinas.

Empezamos a colorear nuestro sueño con lo aprendido en diversos medios y panfletos turísticos, y la cosa no pintaba mal, aunque nosotros no sabíamos ni coger le pincel. Playas de arena fina, palmeras, cocos rompecrismas, cabañas de bambú y barcos idílicos, que unos meses más tarde se convirtieron en: rocas mojadas por un enturbiado mar, palmeras llenas de mosquitos, jackfruit, casas de bambú destrozadas por vendavales y terremotos y submarinos. Pues a veces, o casi siempre, las cosas no son como las pintamos. Descubrimos que Filipinas era un lugar que necesitaba mucha ayuda, pero de la que pocos tenían constancia. Así que seguimos nuestra senda de flores con continuas señales y paradas de aprovisionamiento financiadas por caterings San Pedro. Dios nos fue guiando, tanto personal como grupalmente. Aquellos 5 exploradores decidieron explorar distintas partes de la selva a las que se sentían llamados. Y los que continuamos rumbo Filipinas fuimos encontrado aborígenes salvajes por el camino, y fuimos conformando una familia de 16 misioneros universitarios madrileños con ganas de vivir.

Durante 4 meses preparamos nuestra maleta. Llamamos a medio filipinas, mandamos mails, hablamos por redes sociales, Ceci mandó un telegrama y María avisó de nuestra llegada con señales de humo a los Piel Roja. Conseguimos conformar un entramado de contactos que nos ayudó a construir una pequeña estructura de proyectos a realizar y una comunidad con la que compartir. Todos nuestros esquemas de poco sirvieron, porque en Filipinas la expresión Carpe Diem se la toman a rajatabla.
El Padre Juan organizó una misa de envío en Serrano donde bendijo nuestras cruces misioneras y encomendó la misión.
Viajamos allí el 11 de Julio de 2017 en avión (menos Ricardo Lalanda que fue en moto). Llegamos a Manila, donde conocimos a Mark Anthony, un niño que no podía ir al cole por no tener uniforme, pero desde luego era una promesa del baloncesto. Así que nos montamos una excursión improvisada con toda la familia por el corazón desconocido de Manila y solucionamos el problema.
Un día más tarde nos recibieron en el aeropuerto de Cebú las hermanas y jóvenes de Schönstatt, y nos llevaron en furgoneta al centro de jóvenes. Nada más llegar abrieron el santuario solo para nosotros a las 11 de la noche y nos consagramos a la Mater. Estaba situado en lo alto de una montaña, rodeado de palmeras y prados, con el mar al fondo. Durante esos días pintamos el Cebú Hope Center, un centro donde vivían niñas víctimas de abusos, mientras hacíamos comunidad con la juventud de Schönstatt. El 18 de julio celebramos el décimo aniversario de su santuario con una misa multitudinaria, una comida típica y nuestro recital de la Salve Rociera. Fue muy emotivo hasta que descubrimos que ‘olé’ en Cebuano significa ‘vete a casa’. Vivimos nuestros primeros días en familia, con los primeros roces y los primeros perdones. Cada noche nos reuníamos en una cabaña redonda en mitad de un bosquecillo para dedicar nuestras voces y guitarras a El Más Grande.
De aquí viajamos en barco a Cuaming, una isla a la que llevamos unos barriles de almacenamiento de agua, debidamente negociados en el puerto de Cebú por nuestro contable Fran Chopanza. Pararon la vida en la isla para dedicarse a recibirnos, a jugar con nosotros, invitarnos a agua de coco y darnos las gracias. Nosotros les dimos nuestro dinero, pero ellos nos dieron su corazón.
El barco nos dejó en la isla de Bohol, donde dormimos en una granja y, Fonso y Lito escalaron descalzos hasta lo alto de una Chocolate Hill para hacerse una foto con una cruz de madera que vieron en la cima.
Tras dos días de descanso, emprendimos un viaje de 15 h hasta Biliran, donde nos asentamos. En el trayecto hicimos una parada express para visitar al tío de Ayuso, el único de su familia que no volvió a España tras el asedio a los ‘últimos de Filipinas’. Vivimos durante 3 semanas en la casa de Dianne, una trabajadora del gobierno y la universidad de Naval, implicada en el desarrollo de Pulang Bato, el barrio donde vive. Durante ese tiempo construimos en el colegio 3 sanitarios, 3 pilas para lavarse los dientes y un nuevo techo para la guardería, además del suministro de agua potable en todas las clases y la instalación de ventiladores. Trevijano colaboró con la radio local en tareas de intercambio cultural y Pablo trató temas de seguridad con el concejal de Obras Públicas. En zonas cercanas impartimos un taller de montaje de lámparas solares y las distribuimos en un campo de refugiados del terremoto de la isla de Leyte, que vivían en tiendas de campaña en una explanada. También compramos 200 patos para el proyecto de una granja solidaria que enseña a familias locales a criarlos para tener un ingreso diario por la venta de sus huevos. Además uno de los patos picó a Jose María Depuchin, pero lo interpretó como gajes del oficio.

Pero todas estas palabrerías técnicas fueron lo menos relevante. Lo que de verdad transformó y tocó nuestros corazones fueron las personas. Comenzamos a consolidar una opinion fundada sobre qué es una misión. Vivíamos de una manera sencilla, con pocas necesidades tanto materiales como intangibles. Encontrábamos comodidad donde antes incomodidad. Disfrutábamos de una vida en familia, entregada a los hermanos, con el alma puesta en cada conversación y la mirada pendiente de cada persona. Aprendimos que a veces condicionamos nuestra felicidad a una lista de requisitos, y que allí el único requisito es AMAR, y ahí comienza la vida, que son felices, y con ayuda de Dios van adquiriendo cuanto necesitan para vivir. Nos recibieron, nos acogieron, nos abrazaron, nos entregaron cuanto tenían, su espacio, su casa, su tiempo. Y como un hermano que termina incorporando tus mismos gestos y expresiones, empezamos a aprender de aquello, de convivir con ellos y ver a Jesús tan cerca, en cada persona. Incluso evangelizaron ellos con nosotros, mostrándonos la fe que España les enseñó y ahora España ha perdido. Como la gente salía a la calle y abría las puertas de sus casas ofreciendo grandes comidas en el día del patrón de cada ciudad. Nadie tenía miedo a bendecir sus motos con el nombre de santos, a poner cruces en bares o a llenar sus tiendas de pasajes de la Biblia. Nadie temía a confiar, a olvidarse de ellos mismos y ser humildes y sencillos, a sobrevivir con lo indispensable y entregar su vida a cada persona que la cruzaba.

Fuimos allí a dar, y sólo recibimos. Fue una simbiosis de talentos, una recuperación de aquella lejana hermandad filipino-española, de la vitalidad del Santo Niño (patrón de Filipinas. Un niño Jesús de madera que llevaron los españoles a Cebú, y de repente se puso a bailar). Nosotros aportamos cuanto teníamos, nos dejamos la piel por los talentos que nos ha concedido. La posibilidad de ayudar a personas simplemente por nuestro poder adquisitivo, posibilidades, contactos, estado de bienestar y además en nuestro tiempo libre. Unas virtudes que hemos recibido para compartir, escogidos para usarlas con corazón, construyendo un mundo justo. Y ellos exprimieron con nosotros sus talentos al 100%. Su entrega, alegría, tranquilidad, sencillez, amor auténtico, hospitalidad y cercanía.

Cocos paracaidistas a la luz del alba, océano Pacífico en calma, niños corriendo alrededor de nuestro arroz de desayuno, mientras Carlos devora con sigilo el último yoghurt. Una brisa que acaricia ojos brillantes. Ruido de voces y guitarras. Conversaciones elevadas, personas entregadas. Corazones que chasquean a fuego lento y almas que fraguan a golpe de martillo. Misioneros criados con mano de alfarero. Abrazos y lágrimas de recién reconocidos. Hojas mojadas en nuestro cuaderno de exploradores, que tintan y emborronan cuanto pintamos a nuestro gusto. Empápate. Nuestros planes ahogados en un mar humilde, tranquilo. Tirados por la borda por el Capitán que conoce nuestro verdadero rumbo. Imposible para los hombres pero no para Dios. Calma. Paz. Un cielo igual de añil. Esto me recuerda algo.

¿Qué es una misión?


Carmelo Cotón



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PERIÓDICO EL INDEPENDIENTE

Edición SOLIDARIOS

¿QUÉ COSAS INCREÍBLES HAS HECHO CON TU VIDA?

Historia de un joven de 20 años, capaz de convencer a otros 16 universitarios para viajar a Filipinas y descubrir lo que significa el voluntariado.

“Me he dado cuenta de que es fácil ser mediocre y quiero evitarlo”.

Siempre he entendido que el periodismo puede estar en cualquier parte y, naturalmente, en un muchacho de 20 años, de Majadahonda, estudiante de tercero de Ingeniería de Telecomunicaciones, que propone una conversación que te obliga a pensar. “No hay que esperar a ninguna edad para cumplir tus sueños”, dice él, Víctor Córdoba, un joven de familia acomodada al que nunca ha faltado de nada. Pero quizá sea eso precisamente lo que más le estimula a él, hijo de ingeniero, que rompe con las declaraciones inocentes. “Me he dado cuenta de que es fácil ser mediocre. Yo quiero evitarlo”. Una idea severa que despegó como nunca el pasado verano cuando Víctor entendió que su vida había cruzado la frontera. “No quería echar a perder otro verano”. Y entonces se planteó una misión de la forma más independiente posible, y planeó ir a Calcuta a hacer una misión en la que aportar lo poco o mucho que él ha aprendido de la vida o de la universidad que, entre las cosas que le enseñó, hay una infatigable: “Nunca estarás tan ocupado como para no pensar en los demás”.

Pero al planear ese viaje… “Cuando empezamos a moverlo”, relata, “las posibilidades de lo que se podía hacer y de lo que no, sentimos que aquello era como una oficina de turismo y de que Calcuta se ha convertido en algo muy comercial. Sé que se ha hecho una gran labor y no dudo de que todavía se haga. Incluso, acepto que puedo estar equivocado, pero no me gusta pelearme con mis intuiciones. No sé cómo hacerlo y sentí que mi sitio esta vez no estaba allí. Me pareció que no iba a llevar a cabo a lo que me sentía llamado. No quería, en definitiva, hacer un voluntariado light, dejando de lado a las personas”. Su misión cambió la hoja de ruta cuando habló con “una amiga que había estado en Filipinas a través de un sacerdote misionero que permaneció en Cebú durante ocho años. Comencé a explorar ese mundo, a mandar emails, a recabar información, a llamar a las hermanas de la Caridad, a ver lo que podríamos hacer allí, todo menos ser una carga”, expresa hoy con un entusiasmo, escrito en su frente, que tal vez sea parte de su manera de ser.


Ricardo Lalanda y Víctor Córdoba transportando bidones al puerto de Córdova (Cebú) para su proyecto de saneamiento en la isla de Cuaming (Bohol)

“Si estoy en este mundo es para hacer lo que me gusta y, si me gusta ayudar, no quiero dejar pasar esa vocación por alto. He entendido que en esta vida debes ser emprendedor. Nadie mejor que tú va a decidir las cosas que quieres hacer. Pero, si quieres dar un paso más, tienes que salir a buscarlas. Nadie va a venir a ofrecértelas a casa. Tengo 20 años y sé que hasta ahora no he hecho grandes cosas en mi vida. Todo el dinero que he ganado ha sido en trabajos básicos de camarero, de repartidor de comida en bicicleta y hasta he hecho alguna página web para empresas aprovechando los recursos que la carrera me ha dado. Pero aun no he llevado a cabo la gran misión vital a la que todos estamos llamados. Sé que es poca cosa como para dar lecciones a nadie pero, precisamente, para darme lecciones a mí mismo, tengo que salir a buscar cosas, a emprender proyectos y a saber lo que pasa en esos mundos que no son como el nuestro”.

Filipinas es la prueba, tal vez la radiografía perfecta. La Filipinas que conoció el verano pasado, en las islas de Cebú y Biliran, donde no sólo fue él, Victor Córdoba, lo que quizá sea la parte más apasionante de esta historia.
También convencí a 16 amigos universitarios. Todo nació a partir de una pregunta a su mejor amigo Ricardo Lalanda: ‘Hasta hoy, ¿qué cosas increíbles has hecho con tu vida?, ¿acaso has utilizado tus recursos en hacer algo grande?”. Decidieron que antes de que ambos cumplieran 20 años el 28 de Mayo, tendrían un billete a la otra punta del mundo para comenzar a emprender grandes sueños. Y así fue.

Y entonces apareció esa Filipinas de la que hablamos hoy, “en la que entendimos que existía esa oportunidad, como mínimo, de aportar nuestras propias manos durante las tres semanas en las que estuvimos en verano. En realidad, no fuimos a cambiar nada en Filipinas. Sería absurdo el mero hecho de pensarlo o de imaginarlo, pero sí fuimos a aportar nuestro granito de arena y, ¿qué hicimos?, construimos tres baños de hormigón armado, ayudamos a reparar techos e hicimos una instalación de agua potable en el colegio de la zona, techos de madera, lo que nos dio tiempo… Fueron, en definitiva, pequeñas cosas que para nosotros, sin embargo, son grandes cosas. Nosotros aportamos nuestro tiempo y dinero, pero ellos nos regalaron su corazón y cuanto tenían. Pequeñas cosas que hechas con gran amor se convirtieron en grandes cosas, porque no sirve de nada vivir tras el muro de tu comodidad; lo importante es cómo viven ellos, compartir la suerte de cuanto tienes, y crecer juntos. Allí vivían en cabañas de bambú, podríamos decir que les faltaban muchas cosas, pero lo tenían todo, porque para ellos vivir felices era la primero, y lo demás se construía a continuación. Nosotros a veces construimos todo olvidando aquellos cimientos de felicidad y amor. Dieciséis universitarios que volvimos transformados para ayudar donde de verdad está nuestra misión, aquí, en nuestros hogares”.


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https://alacontra.elindependiente.com/cosas-increibles-hecho-vida/

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